30/12/2010 - Fantaquí legendario

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Aunque la cartografía se empeñe en contradecirme, para mí Fantaquí siempre será esa mole rocosa que se yergue vertical sobre la margen izquierda del barranco de la Encantada, justo donde éste derrama sus aguas en el río Serpis. Fantaquí conserva el embrujo de los lugares donde la geología y la botánica caminan de la mano, donde el paisaje se muestra grandioso. Sus riscos esconden legendarias cuevas de las que algún día hablaré y, en sus laderas, las pétreas agujas aguardan la hora en que tendrán que derrumbarse; pero Fantaquí es mucho más.

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Encumbrarse a los escarpes de Fantaquí y asomarse al balcón de l’Encantà es una experiencia fascinante, especialmente cuando la barrancada ruge sus aguas y el monte desprende los aromas de la santolina recién mojada. El mirador me lo enseñó el tío Paco de Fantaquí la primera vez que lo visité en su masía y desde entonces que regreso puntualmente cada primavera para contemplar el paisaje sobre la Cova del Búfol y els Frares de l’Encantà, donde el barranco dibuja la última “S” antes de afrontar su desembocadura.

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07Fantaquí es, además, una Microreserva de Flora. Así lo declaró la Conselleria de Medi Ambient de la Generalitat Valenciana el 16 de enero de 2007. La Microreserva de Flora de l’Alt de Senabre –como así se denomina- incluye los terrenos públicos de Fantaquí, Cova dels Nou Forats y Covetes de l’Encantà, donde en poco menos de 6 hectáreas se han censado más de 250 especies botánicas, lo que ofrece una idea de la biodiversidad que atesora un paraje donde el agua y los escarpes rocosos juegan un papel destacado. Entre la flora protegida se encuentran especies endémicas, exclusivas, raras y/o amenazadas.

Endemismos ibero-levantinos

Riesgo menor de extinción

Especies vulnerables

Especies protegidas

Arenaria levantina

Arenaria montana

Biscutella montana

Biscutella stenophylla

Centaurea spachii

Chaenorrhinum origanifolium

Galium lucidum

Helianthemum origanifolium

Rhamnus lycioides

Sarcocapnos saetabensis

Saxifraga corsica

Sideritis tragoriganum

Teucrium buxifolium

Arenaria levantina

Centaurea spachii

Centaurium quadrifolium

Helianthemum origanifolium

Hypericum ericoides

Phlomis crinita

Rhamnus lycioides

Saxifraga corsica

Teucrium buxifolium

Teucrium capitatum

Teucrium homotrichum

Biscutella montana

Biscutella stenophylla

Sarcocapnos saetabensis

Chamaerops humilis

Hypericum ericoides

Pholomis crinita

Teucrium buxifolium

Teucrium homotrichum

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Fantaquí es –también- lugar de ensueño e inspiración donde el tío Paco ha compuesto la mayoría de sus versos. Aquí os dejo un sentido soneto suyo recitado bajo el desnudo ramaje de las higueras, a las puertas de su masía en Fantaquí.

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Paco de Fantaquí - Fantaquí

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20/12/2010 – Regreso al gorg del Salt

El pasado jueves aprovechamos la tarde para grabar -in situ- la primera serie de sonetos del tío Paco de Fantaquí. Quisimos comenzar por aquellos cuya temática giraba en torno a la leyenda de la Mora, y para el barranco que nos fuimos. Unos los grabamos en el estrecho de la Encantada, junto al molino y la fuente; otros, en la poza de Planes. Dejo aquí un soneto titulado El gorg del Salt, soneto que el tío Paco tuvo a bien dedicarme en enero de 2010, cuando visitamos el charco tras unos días de intensa lluvia.

Gorg del Salt

En esta ocasión, sin embargo, el salto apenas manaba un hilo. Y es mejor que así fuera porque -aunque el tío Paco conserva un buen timbre de voz- de haber rugido la barrancada hubiera sido imposible que su recitar despuntara sobre el bramar de las aguas.

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Paco de Fantaquí - El gorg del Salt

El paraje vestía de otoño y tan bello me resultó verlo de aquella guisa engalanado -tan sombrío y apocado- que regresé a la mañana siguiente, aprovechando la dramática luz de otro día nublado.

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Allí pasé mis buenas horas disfrutando de la soledad y el silencio de un lugar de leyenda, y estoy seguro que, de haber llevado con qué escribir, aquella mañana de diciembre habría compuesto mis primeros versos.

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15/12/2010 – El otoñal embrujo del barranco de la Encantada

Ahora que el cielo amenaza lluvia, que la luz se muestra sombría, que el otoño ha desnudado las choperas y saucedas en las riberas de nuestros ríos y barrancos, se presenta una buena oportunidad para patear el monte y mostrar nuestros parajes desde otro punto de vista. Mejor resultaría si las lluvias hubieran sido más generosas y las aguas, en vez de calmas, se mostraran bravías. O no, porque a falta de corrientes turbulentas, buena resulta la macilenta hojarasca sobre el suelo o las espejadas aguas de nuestras pozas donde las riberas se miran.

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¿A quién extraña que tan natural belleza guste reflejarse en un espejo de aguas tranquilas?
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Tampoco debe desdeñarse el embrujo que ofrecen las noches estrelladas. Ahora que las temperaturas han descendido, se presenta una buena oportunidad para fotografiar los cielos con tomas de alta sensibilidad lumínica y corto tiempo de exposición.
 
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Ciertamente, el lugar está encantado.

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13/12/2010 – El barranc de l’Infern bajo la llovizna

Cuando el río Serpis abandona la fértil vega de Perputxent y supera el castillo que domina el valle, se aventura en un congosto de retorcida y demoledora orografía. Se trata del barranc de l’Infern, un desfiladero abierto a golpe de agua entre las estribaciones orientales de la sierra de Benicadell y la sierra de la Safor.

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Es de suponer que los tesoros que encierra tan formidable quebrada quedaron celosamente velados a los ojos del hombre hasta finales del siglo XIX, cuando se acometió la construcción de la línea férrea que atravesaría el barranco, por cuya plataforma circularon los convoyes entre 1892 y 1969. De la inaccesibilidad del lugar da cuenta su nombre y no es de extrañar, por tanto, que sus singularidades geológicas, faunísticas y botánicas escaparan del análisis del afamado Antonio José Cavanilles cuando la elaboración de su obra “Observaciones” lo trajo por estas tierras a finales del XVIII.
 
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Actualmente, el caminante accede con comodidad por la que antaño fuera plataforma ferroviaria. El camino de hierro discurría junto al río, elevado sobre su cauce, como un balcón corrido al que irremediablemente me tuve que asomar. Los colores del otoño me acompañaban por la derecha y, cada tanto, pausaban la marcha por retratar el paisaje bajo mis pies. Los cañaverales languidecían bajo la fina lluvia, compartiendo protagonismo con los carrizales, junqueras y adelfares, con las saucedas, espadañales y choperas que prosperan en las riberas del Serpis.
 
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La acción de los incendios forestales se intuye sobre las laderas y escarpes del barranco donde la vegetación arbórea –aunque prolija- se antoja menos exuberante de lo que sería en el pasado. Las pinadas aparecen por doquier y algunos ejemplares jóvenes de carrasca se dispersan por el paraje evocando lo que en otros tiempos serían extensas formaciones boscosas. En la lejanía, colgados de los riscos en las vertientes de umbría, el oro otoñal de los fresnos de flor se muestra solitario, como una pincelada en el paisaje.

El lentisco y la cornicabra, el enebro, la coscoja y la aliaga se presentan cada tanto al caminante. A menudo lo hacen solas; otras, se acompañan de sabinas y palmitos, de higueras y algarrobos que abandonan antiguos campos de cultivo por irrumpir junto al camino. La llovizna cae vertical y el andar se hace más reposado cuando el aire huele a tomillo y romero, a pebrella y santolina.

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El Serpis bajaba tranquilo entre las peñas desprendidas de las alturas, un saltito aquí, un brinco allá, tan alegre y cantarín que no pude contenerme. Me arrimé a su vera por escuchar la voz que me hablaba de otros tiempos, cuando el lobo acechaba en el encinar al abrigo del hombre, y allí, sentado sobre los guijarros de su lecho, clavado en lo más profundo del barranco, presentí la fuerza de sus aguas, el ímpetu de su corriente cuando ruge la barrancada.

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03/12/2010 – Sierra de la Albureca: niebla, lluvia, otoño…

Cuando el río Serpis se adentra en el valle de Perputxent, la sierra de la Albureca lo acompaña por su margen derecha, cerrándolo en dirección SO-NE. Se trata de una sierra de escasa altitud que separa el valle de Perputxent de la Baronía de Planes y el valle de Gallinera. Quizá por tratarse de un coto privado de caza en buena parte de su superficie, la sierra de la Albureca resulta una gran desconocida. Atraviesa cuatro términos municipales –Beniarrés, l’Orxa, Planes y Vall de Gallinera-, pero su disfrute público se ve impedido por aquellos que gustan poner puertas al monte y cerrar los caminos.

El pasado martes 30 de noviembre rememoré viejos tiempos y subí a almorzar al mas de l’Albureca. Como siempre, accedí como las cabras, a campo través, por el cortafuegos que arranca junto a la desembocadura del barranco de la Encantada. Sin embargo, en esta ocasión el valle de Perputxent no me aguardaba a mi espalda sino que se velaba a mis ojos bajo una densa niebla. Es siempre una delicia transitar los caminos de la Albureca y esta vez no fue menos, pues, aunque la niebla me privaba de buena parte del paisaje, el aspecto tenebroso de los pinares y los aromas del monte invitaban a hacer más despacioso el caminar. Me asomé al barranco de la Encantada poco antes de alcanzar el mas de Calot, pero fue en vano, de modo que continué la marcha con la esperanza de que la niebla levantara en la próxima revuelta.  

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Llegando al Tossal del Moll, el sol ya se insinuaba entre la neblina y, al poco, el blanquecino velo que cegaba el paisaje se corrió para deleite de mis ojos. Fue un espectáculo. Las nubes aparecieron amenazantes en el cielo mientras las cumbres de las montañas que circundan la Hoya del Comtat y el valle de Perputxent escapaban de una niebla horizontal, juguetona, que levantaba, danzaba y regresaba a los fondos. Pronto comprendí que mi idea de atravesar la Albureca y plantarme en la Baronía de Planes tendría que esperar a mejor día, así que me aposté junto al camino con una ramita de romero colgando de mi sonrisa y disfruté de la función. Nunca una sesión fotográfica resultó más prolija y placentera como esta otoñal escapada a la Albureca, y ya para cuando la tímida lluvia arrancó los aromas de la tierra, el perfume de la pebrella y el tomillo me envolvían.

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No quise abrir el paraguas, para qué, la llovizna se disfruta más cuando la recibes cuerpo a cuerpo, fresca, apenas una salpicadura sobre la cara. Y así, a cara descubierta, anduve el camino hasta llegar al mas de la Albureca. Nada queda ya del señorial porte de la masía que allí había. Ahora, sus piedras se esconden bajo un enlucido de cemento, y las puertas y ventanas que antaño fueron de madera, han sido arrancadas de sus huecos y sustituidas por el frío tacto del metal cual persianas de un puesto de mercado. Un alarde de insensibilidad arquitectónica y mal gusto que no mereció la molestia de pararse a fotografiar. Prefiero recordarla como la conocí: vieja, desvencijada, pétrea: hermosa.

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Me asomé al barranco de la Encantada por divisar del otro lado el Tossal de la Cova, l’Arrabassat, el Pichoc, les Llomes del Cantalar; y de éste, el Morro de la Encantada, el Tossal del Pedregar, la Penya de l’Espill. La niebla se contenía contra los escarpes, ocultando el pedregoso lecho del barranco, las pozas donde -cuenta la leyenda- Amira peinaba sus cabellos a la luz de la luna. El mito de la Encantada ha dejado su huella en la geografía más inmediata al molino del estrecho con topónimos como la Penya de l’Espill, Morro de l’Encantà y el Tossal de la Dona. Es justo allí, donde las aguas se precipitan en el congosto, donde la leyenda de la Encantada se hace presente aun para decepción del afamado botánico Antonio Josef Cavanilles: (…) barranco que la ignorancia y credulidad llamó de la Encantada por la piedra circular de unos cinco pies de diámetro, que en forma de ventana cerrada se ve en la garganta del barranco á 20 pies sobre el nivel ordinario de las aguas. En esta fingió el vulgo la boca de cierta mina, donde los Moros escondiéron sus tesoros, y dexáron encantada una doncella, que cada 100 años sale para volver á entrar en el mismo dia. Fábulas indignas de hombres juiciosos, perpetuadas solamente por la superstición y la ignorancia. Quanto ofrece aquel barranco es natural y efecto de las aguas, que abriéron un callejón profundo, y dexáron por ambos lados cortes casi perpendiculares de mas de 50 varas. En el de la derecha se halla la citada piedra en un sitio de tan dificil acceso, que para llegar á él es preciso ó descolgarse por una soga desde mucha altura, ó pasar de la izquierda á la derecha atravesando ántes un largo madero: operaciones ambas muy arriesgadas, por hallarse un profundo pozo de agua en aquella parte del barranco. (…)

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Por mi parte, prefiero el entusiasmo de Miquelet d’Elena al escepticismo de Cavanilles, cuando en uno de sus versos habla por boca de la Encantada para asegurar que en aquella penya tan alta tinc un palau encantat. Y llevaba razón el poeta, porque el palacio se yergue sobre el acantilado del Pichoc y, envuelto entre la niebla como se encontraba, parecía encantado.
 
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De regreso a Perputxent, la lluvia arreció y desanduve el camino con paso tranquilo, fascinado por el sonido de las gotas salpicando el paraguas. La niebla persistía en los fondos pero los escarpes del barranco emergían cada tanto entre ella. Me detuve frente al Alto de Senabre y me asomé al precipicio justo donde el barranco da su última revuelta; y allí, plantado sobre una peña a resguardo del aguacero tuve un emocionado recuerdo para Laska y Picolo, mis queridos perros, quienes me acompañaron la última vez que subí a la Albureca, allá por 1997. Desde entonces, ya ha llovido.
 
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