16/08/2010 – Time-lapse: el tiempo en la vida

Mi amigo Ximo lleva razón: el tiempo se nos escapa inexorablemente de entre las manos y cada día que pasa es un día que ya no vuelve. Tempus fugit irreparabile –dice fraseando las Geórgicas de Virgilio-, y añade: día que no escribes, día que retrasas tu novela.

Cuando tomaba las imágenes de este time-lapse, pensaba en Ximo Andrés, en su tempus fugit irreparabile; mientras tanto, en Beniarrés volteaban festivas las campanas.

Tempus fugit irreparabile
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09/08/2010 – Incursión en los territorios de al-Asdraq: hisn al-Agwar

El pasado viernes estuve con Carlos Serrano en el castillo de al-Agwar, también conocido como “castellet de les Atzavares”. El motivo de la visita era documentar el enclave antes de iniciar la escritura del tercer capítulo de mi novela, pero aproveché la compañía de Carlos para, cómo no, realizar una interesante sesión fotográfica nocturna donde la Vía Láctea fue la protagonista. El acceso no estuvo exento de complicaciones, pues el terreno donde se levanta el castillo es tan abrupto que no sabíamos por dónde atacar la subida. Finalmente, dimos con un lugareño que nos aconsejó tomar una senda que partía desde la CV-721, no sin antes advertirnos su dificultad por la cantidad de maleza que nos encontraríamos y, sobre todo, por la necesidad de trepar en su tramo final. Y así fue; aunque si complicado resultó el ascenso, muchísimo peor iba a resultarnos la tarea de descender.

La Vía Láctea sobre hisn al-Agwar

La noche estuvo oscura en todo momento, pues la fase lunar andaba próxima al novilunio (22% de luminosidad) y la salida de la luna estaba prevista para las 02:48 h, cuando ya estábamos de regreso. Estas condiciones de luz tan extremas, unidas al elevado grado de humedad ambiental y a la limitación de los encuadres por la orografía y la contaminación lumínica directa e indirecta, dificultaron mucho la tarea de venirnos con buenas y numerosas tomas. Si a todo esto añadimos que las fotos para captar la Vía Láctea se tienen que tomar con sensibilidades superiores a los 1600 ISO, con el diafragma abierto al máximo y un tiempo de exposición que ronda los 30 segundos, el ruido que aparecía en mis tomas era considerable pese a que activaba el sistema anti-ruido de la cámara y la apagaba entre tomas con la finalidad de enfriar el sensor. Con esto he aprendido que con la apertura/luminosidad de mi Canon 10-22 mm sólo me llega para insinuar la Vía Láctea y que las limitaciones de mi equipo aconsejan salir con un poco de luna. Esto último fue, precisamente, lo que más echamos en falta a la hora de descender. La oscuridad era tal que equivocamos el camino de vuelta y nos metimos en un buen berenjenal. Bajamos por una zona enriscada que aún no me explico cómo nos atrevimos a acometer. Tan arriesgado llegué a verlo por momentos que recuerdo que propuse sentarnos a esperar la alborada si llegábamos al punto de no poder avanzar ni retroceder. Después de un escollo llegaba otro peor, y cuando no venía un escarpe, lo hacía un zarzal, o un tramo de aliagas, o de chumberas, o de piteras. Afortunadamente, la roca caliza era abrasiva y casi siempre ofrecía un punto de apoyo. Pero sí, bajar por donde lo hicimos con la mochila a la espalda fue del todo temerario. Tardamos cerca de una hora y cuarto en descender, cuando el ascenso nos llevó poco más de quince minutos. Pero llegamos sanos y salvos hasta el coche, con una nueva experiencia que difícilmente olvidaremos. Últimamente no salgo de una y ya me veo metido en otra. Que ahora recuerde, en estos cuatro últimos meses me he topado con una noche de perros en hisn Qashtal, una tormenta eléctrica en la cima de Serrella, una intoxicación por Anagyris foetida en hisn Rugat y un descenso macabro en hisn al-Agwar: en adelante tendré que extremar las precauciones.

Zona de los aljibes sobre un escarpe

Desde lo alto del castillo pude constatar varios aspectos que me interesaban a la hora de escribir: la fortificación controlaba el acceso al valle de Laguar desde la costa, y mantenía visión directa con el castillo de Pop (cavall verd) y la planicie prelitoral dianense. Asimismo, pude comprobar de primera mano que el terreno sobre el que se asienta resulta tan escarpado que su capitulación debió venir precedida de un prolongado asedio, pues cuesta creer que si el castillo estaba bien guarnecido y aprovisionado –como debía estarlo a decir por el contexto histórico y su proximidad a Denia- los feudales pudieran tomarlo de otra forma que no fuera ésta. 

Planicie prelitoral dianense (Carlos Serrano) El artículo Vall de Laguar. Asentamientos, terrazas de cultivo e irrigación en las montañas del Šarq al-Andalus: un estudio local, de Josep Torró, aporta nuevos e interesantes datos acerca del enclave: “El nombre, posteriormente sin duda (al del valle), pasó a denominar también al hisn o fortificación que constituía el reducto defensivo de los habitantes del valle y, probablemente también, la sede de los responsables de la recaudación fiscal. Poco después de finalizar la “guerra de los sarracenos”, en 1283, el rey Pedro ordenó a su lugarteniente en el sur del reino de Valencia que destruyese el castillo de Laguar, por lo que  actualmente sólo se conservan un par de cisternas y unos pocos restos de muros muy arrasados. Los fragmentos cerámicos recuperados mediante una prospección de superficie realizada en el emplazamiento de este hisn permiten advertir que su ocupación se remonta, por lo menos, al siglo XI. La fortificación, abandonada y derruida, se conocía ya en el siglo XVI, como hoy, con el nombre de Castellet de les Atzavares. Se localiza en la cumbre de un monte que se yergue sobre el Barranc de l’Infern, justo en el punto en el que éste se desencaja, convirtiéndose en la rambla de Laguar o, como se le conoce aguas más abajo, Riu Girona. Aunque la altitud del monte del castillo, 350 m, no es muy elevada en términos absolutos, para apreciar la elevación real ha de considerarse que su ladera norte remonta 210 m, desde el lecho de la rambla hasta la cumbre, con una pendiente del 52,5 %. Debe tenerse en cuenta, asimismo, que esta pronunciada ladera domina la entrada principal al valle, produciendo un acceso constreñido y dificultoso.” En el mismo artículo y basándose en dos asientos del Llibre del Repartiment, Torró sugiere que la ŷamā de Laguar no debió rendirse hasta 1257, y sin duda después de negociar la garantía de permanecer en sus tierras.

Respecto a la presencia de un hábitat en el interior del castillo o en sus inmediaciones (castrum et villa), Pierre Guichard hace la siguiente consideración: Sin la presencia, en la cima del peñón de Laguar, de abundante cerámica medieval, costaría creer que en un sitio tan abrupto y elevado pudiese existir un hábitat agrupado junto al refugio de época musulmana. Asimismo, respecto de las qura (alquerías) de la yama (aljama) de Laguar, existe cierta confusión en la escasa documentación que nos ha llegado, aunque con todas las reservas Josep Torró aventura que, entre alguna otra posible, pudieron ser: Benimaurel (¿Banu Mawral?), Alfeig (¿al-Fayy?), Benigálip (¿Banu Galib?) y Campell.

La Vía Láctea sobre el castillo de Pop (Cavall verd)

Existen documentos que atestiguan la presencia de Carroz y Jaime I en Laguar los días 15 de marzo y 9 de mayo de 1245. Por tanto, a mediados de marzo de 1245 el castillo estaba ya en manos feudales. Así pues, la toma de hisn al-Agwar se intercala entre dos acontecimientos de extrema importancia: lo feyt de Rogat (f.mayo-p.junio de 1244) y la firma del Pacte del Pouet (15 de abril de 1245). Asimismo, si suponemos que el fet de Rugat tuvo lugar entre la capitulación de Játiva y la de Denia, la presencia de ambos personajes en Ondara (a 10 kilómetros de Laguar) el día 6 de junio de 1244, apenas unos días después de la emboscada de Rugat, refuerza la hipótesis de que el rey se dirigía a la zona de Denia tras la capitulación de Játiva. Es de suponer, también, que tras la enorme afrenta que supuso la celada de Rugat, el almirante Carroz y Jaime I se conjurasen contra el Moro y decidiesen acometer la conquista de sus territorios. Quizá fuese en Ondara donde planearan su ataque a La Montaña. Tras la reciente capitulación de Denia, las huestes que Carroz tenía en la zona quedaban a disposición de los propósitos reales y la evidencia de que nueve meses después caería el castillo de Laguar así lo sugiere. Seguramente -y aquí me adentro ya en los terrenos de la ficción-, las huestes de Carroz iniciaron sus incursiones al valle de Laguar en el verano de 1244 y ante la resistencia que opusieron los andalusíes decidieron asediar el primer castillo que encontraron a su paso: el castillo de Laguar. El asedio debió prolongarse hasta bien entrado el invierno, cuando tras la toma de Biar (febrero de 1245) y la rendición del resto de los castillos de la zona, las huestes del Tirano se incorporaron a la empresa de incursionar La Montaña desde la costa. Pronto comprobarían las calamidades que les aguardaban y tras algunos intentos frustrados y numerosas bajas no les quedó otra que convenir con al-Asdraq.

Cavall verd desde hisn al-Agwar

Sobre las condiciones y particularidades del Pacte del Pouet ya está todo dicho (14/01/2009 - El pacto de Alcalá (1): comienza la acción y 10/02/2009 - El pacto de Alcalà (y 2): la versión musulmana). Tan sólo quiero recordar dos cosas: 1) que los castillos que al-Asdraq cedió a los feudales fueron los de Pop (a 1,8 kilómetros de hisn al-Agwar) y el de Tárbena, los más próximos a la costa; y 2) que ni Carroz ni Jaime I -pese a estar documentalmente demostrado que se encontraban en la zona desde un mes antes hasta un mes después de la firma del Tratado- no testificaron el texto de lo convenido. Fue el infante Don Alfonso de Aragón quien convino con al-Asdraq, actuando como testigos dompnus Petrus Maça, Dompnus Guillelmus Hugo, Dompnus Petrus Sanç Guerren, Dompnus Gombaldus Miles, Dompnus Raymundus de Montpessulano. Está claro que la emboscada de Rugat todavía escocía en el orgullo del monarca y la conciencia de Carroz. A este respecto, retomo la reflexión que hacía en otra entrada: Es de suponer que la humillación que sufrieron tan altos dignatarios en el cobro de su venganza les impidió convenir con quien tan hondamente los había agraviado, de ahí que ni uno ni otro aparezcan como testigos en la versión feudal de Tratado y, sobre todo, el silencio de la Crónica de Jaime I al respecto. Sí, la derrota que les infringió al-Azraq en la frontera oriental de sus dominios fue una ofensa –otra más en apenas un año- y si Jaime I accedió a pactar con él a través de su hijo fue por maquillar la humillación sufrida, sabedor que en el ajedrez de la guerra, como en la vida, mejor aceptar tablas que exponerse al jaque mate.

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