14/05/2010 – Incursión en los territorios de al-Asdraq (11): ¿hisn Jurulash?

La Serrella es, probablemente, la montaña más hermosa y atractiva de cuantas existen en la yibal Balansiya. Se arquea a lo largo de 15 kilómetros desde el interior hacia la costa, atravesando los términos municipales de Quatretondeta, Fageca, Famorca, Castell de Castells, Benasau, Confrides y Beniardá, y constituyendo la frontera natural entre las comarcas del Comtat y la Marina Alta (vall de Seta), al norte, y la Marina Baixa (vall de Guadalest) al sur.

Azules, las montañas de al-Asdraq

Según Rafael Cebrián en sus Montañas Valencianas VI: “La Serrella es uno de los más sugestivos y espectaculares sistemas orográficos descritos en estas páginas, por la magnitud y belleza de un relieve y un paisaje de vigorosos trazos”.

Es La Serrella una montaña de contrastes: de verdes prados en las cimas, de canchales en las laderas, de plegamientos imposibles; de agujas, cuevas y arcos, de caminos, trochas y sendas; de bosques y estepares, de nieblas, fuentes, cavas, corrales y castillos. De entre su recortada silueta destacan cuatro picos, de Poniente hacia Levante: Serrella (1359 m), Pla de la Casa (1379 m), Penya de l’Heura (1384 m) y la Mallada del Llop (1361 m). Ascender cualquier cumbre de La Serrella resulta siempre una experiencia inolvidable donde la Naturaleza te sorprende en cada revuelta del camino. 

Serrella-Pas de la Casa

Ayer salió un día de entretiempo y en cuanto vi crecer aquellas nubes vespertinas supe que había llegado el momento. Es cierto que llevaba unos días esperando la ocasión y que sabía que mayo no me iba a defraudar, de modo que estaba pendiente de la evolución meteorológica y ya tenía la ruta preparada. Metí el equipo en el coche y salí pitando para el Pla de la Casa, en cuya cima se especula que se encontraba hisn Jurulash, el único castillo del Pacto de La Jovada que me quedaba por reconocer. Dos horas de viaje me llevó desplazarme desde El Campello hasta los pies del collado de Borrell, donde me dejó el camino. Desde allí, una senda muy pina serpenteaba entre un canchal en su ascensión hasta el cerro. Una hora y cuarto de caminata cargado como una mula, con la tormenta rugiendo a mi espalda, y alcancé el Clot del Pla de la Casa, una nevera de mampostería de 13 m de profundidad por 11 de diámetro. Restaba un último esfuerzo para coronar la cumbre cuando comenzó a diluviar. Protegí la cámara con una funda para la lluvia y salí con el chubasquero y el paraguas camino de la cima, dispuesto a fotografiar el temporal. Apenas cinco minutos de ascensión y las ruinas de una torre aparecieron ante mis ojos. Entonces comenzó a granizar. Los relámpagos resplandecían a mi alrededor y al menos un par de rayos cayeron muy cerca. Me acurruqué debajo el paraguas y me apreté contra una roca. Traté de disfrutar de la experiencia, pero apenas conseguía levantar la cabeza: el fulgor del relámpago y el estrépito del trueno eran uno, y entonces una corriente de aire cálido ascendía desde el suelo y mi paraguas quería salir volando. Pasé miedo, para qué negarlo. Sí, rayo y trueno eran uno y después de cada estampida abría los ojos para cerciorarme que continuaba vivo. Fue una experiencia fabulosa: sentir la furia de la Naturaleza, el estruendo que la tronada, la incertidumbre de saberte a merced de los elementos… Tan furiosa rugía la tormenta que las ruinas de la torre dejaron de interesarme por completo y no las fotografié hasta que la tempestad pasó sobre mi cabeza y se adentró en los valles de la Marina, directa al mar. Vino, llegó y marchó como un hermosísimo espectáculo.

Vestigios de una torre en el Pas de la Casa

Nadie sabe con absoluta certeza dónde se levantaba el hisn Jurulash que refiere el Pacto del Pouet. A este respecto, existen al menos dos teorías: una lo sitúa en las inmediaciones del despoblado de la Queriola, entre la vall d’Alcalà y Tollos; otra, en el Pla de la Casa, junto a su cumbre.

En un artículo de Abelardo Herrero Alonso titulado Toponimia premusulmana de Alicante a través de la documentación medieval (II), se dice. “A nivel filológico, pudiera llamar la atención la peculiaridad de las grafías documentales, aparentemente algo distantes de la actual estructura fónica del topónimo. Sin embargo, se da perfecta identidad, ya que la primera (Djurulash) responde a una pronunciación arabizada y las otras (Cherolis, Cerolles) constituyen testimonios latinos que, al presentarse en caso genitivo (Cherolis = 'de Querola'), explican perfectamente la apariencia de forma plural”.

Pierre Guichard, por su parte, en un artículo titulado Los castillos musulmanes del norte de la provincia de Alicante, dice: “(…) este castillo, situado cerca de Tollos, y cuyo término lindaba con el de Seta, y al parecer se confundía con este último. Se considera generalmente que se trata del despoblado de la Careola o Cairola, situado a 2 km al oeste del lugar de Beniaya, del valle de Alcalá. Sin embargo, este poblado parece haber pertenecido más normalmente a dicho valle, y forma parte de una unidad geográfica distinta a la del valle de Seta. Además, cabría preguntarse por qué su término fue segregado de la unidad inicial, constituida en señorío para Roger de Lauria y su madre. Por fin, la topografía de la Careóla de Beniaya corresponde mal al esquema acostumbrado de los husun o castra musulmanes de Valencia.”

Sea como fuere, se adapta mejor a las necesidades de mi novela que las alquerías que conformaban los actuales despoblados de la vall d’Alcalà dispusieran de un castillo donde protegerse de las cabalgadas feudales. Desde luego, la torre en la cima del Pla de la Casa cumple los cánones de los castillos post-califales del siglo XI construidos en lugares alejados y sobre cotas absolutas, por lo que la torre, en realidad, pudo funcionar a modo de atalaya, nunca como refugio.

Pla de la Casa

La construcción existente en la cima del Pla de la Casa está totalmente arruinada, observándose únicamente los arranques de los muros perimetrales de lo que debió ser una torre de base rectangular que encerraba un espacio interior de 4,20 por 2,40 metros. Estos muros tienen un espesor superior al metro y están levantados en mampostería y enlucidos con mortero de cal. En las inmediaciones sólo se han encontrado restos de época andalusí (ss. XI-XIII), lo que sugiere que el lugar fuese abandonado tras la conquista feudal, pues el 7 de septiembre de 1270 es la última vez que el castillo de Cherolles aparece en la documentación medieval que se dispone.

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11/05/2010 – Incursión en los territorios de al-Asdraq (8): hisn Qashtal

El lunes 3 de mayo partimos para la sierra de l’Aixortà, en la frontera meridional de los dominios de al-Asdraq. La previsión meteorológica era realmente mala: viento, lluvia, frío… y vaya si se cumplió. Al poco de llegar nos recibió la tormenta y, así, bajo el diluvio, nos acercamos hasta “els Arcs”, un capricho de la Naturaleza de espectacular factura. La niebla realzaba la grandeza de aquellos arcos de piedra, pero la lluvia y el viento nos puso a prueba antes de permitirnos fotografiarlos.

Els Arcs

El plato fuerte vendría después: hisn Qashtal. Era este uno de los ocho castillos presentes en el Tratado de al-Qal’a, cuyas rentas se repartirían al-Asdraq y Jaime I por espacio de tres de años antes de pasar, definitivamente, a manos feudales. Está situado a 1045 m de altitud, coronando el pico del Castellet, a dos aguas entre los valles de Castell de Castells, al norte, y de Guadalest, al sur. Es un castillo enriscado, muy alejado de los núcleos de población y zonas de cultivo, articulado en dos niveles topográficos muy diferenciados y con fuertes desniveles interiores. Pese a presentar una torre en su parte superior, su principal baza defensiva era su lejanía y la dificultad de sus accesos. Presenta, por tanto, todas las características de un castillo de época post-califal, concretamente -según los expertos- del siglo XI. Aunque no existe consenso acerca de las funciones que desempeñaban este tipo de fortalezas tan distantes, lo que sí queda claro es que no era este un castillo diseñado para la protección de las gentes y que una de las razones de su situación enriscada tenía que ser el control y la vigilancia de los valles situados a sus pies.

Qashtal

En el castillo de Qashtal viví la peor pesadilla desde que inicié este proyecto literario. Fue aquella una noche de perros, donde nuestra tienda de campaña parecía que iba a salir volando con nosotros dentro. Es cierto, pasé miedo en el interior de aquel habitáculo zarandeado a merced de un viento desbocado, donde la fina lluvia en el exterior impactaba con estruendo contra la lona de nuestra tienda, donde nuestros pies semejaban de hielo, donde la oscuridad imposibilitaba cualquier intento de escapar. Sí, fue del todo imposible tomar una foto nocturna hasta poco antes del amanecer, y aún entonces tuve que sujetar firmemente el trípode para que la toma no saliese trepidada. Aquel frío desgarrador inmovilizaba nuestras manos y dificultó sobremanera nuestro trabajo, de modo que las pocas fotografías que pudimos tomar tienen para mí un valor especial. Ahora, una vez pasado el mal trago, queda la experiencia de haber vivido una situación límite y, sobre todo, de haber conocido en mis propias carnes las condiciones de vida que tuvieron que soportar quienes muchos siglos antes pernoctaron en aquel castillo expuesto a los cuatro vientos. Ciertamente, una noche de cellisca en pleno mes de enero tuvo que ser muy complicada de pasar, por mucho fuego que los acompañara…

Antes de descender, sin embargo, el tiempo accedió a ofrecernos una tregua y nos obsequió con un cielo espectacular. Tanto valió la pena que, en cuanto crezca la luna, volveré.

Qashtal y la Mallada del Llop

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